Libros Gratis - El Hombre de la Mascara de Hierro
 
 
         

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convertiré a mi patria en la nación más grande y más rica del mundo. He ahí las causas de mi animosidad
contra el señor Fouquet, que me impedía obrar. Además, cuando yo sea grande y fuerte, y sea fuerte y
grande la Francia, a mi vez gritaré: ¡Misericordia!
--¿Misericordia, decís? Pues pidamos al rey la libertad del señor Fouquet, en quien Su Majestad no se
ensaña sino por vos.
--Señor de D'Artagnan, --repuso Colbert irguiéndola cabeza, --yo no entro ni salgo en esto; vos sabéis
que el rey tiene una enemistad personal contra el señor Fouquet.
--El rey se cansará, y olvidará. --Su Majestad nunca olvida, señor de D'Artagnan... ¡Hola! el rey llama y va a dar una orden... Ya veis
que yo no he influido para nada. Escuchad.
En efecto, el rey llamó a sus secretarios, y al mosquetero.
--Aquí estoy, Sire, --dijo D'Artagnan.
--Dad al señor de Saint-Aignán veinte mosqueteros para que custodien al señor Fouquet.
D'Artagnan y Colbert cruzaron una mirada.
Y que desde Angers trasladen al preso a la Bastilla de París, --continuó el monarca.
--Tenéis razón, --dijo el capitán al ministro.
--Saint-Aignán, --prosiguió Luis XIV, --mandaréis fusilar a todo el que hable por el camino en voz ba-
ja al señor Fouquet.
--¿Y yo, Sire? --preguntó Saint-Aignán.
--Vos solamente le hablaréis en presencia de los mosqueteros. Saint-Aignán hizo una reverencia y salió
para hacer ejecutar la orden; y D'Artagnan iba a retirarse también, cuando el rey le detuvo, diciéndole:
--Vais a salir inmediatamente para tomar posesión de la isla del feudo de Belle-Isle.
--¿Yo solo, Sire?
--Llevaos cuantas tropas sean necesarias para no sufrir un descalabro si la plaza se resiste.
Del grupo de cortesanos partió un murmullo de incredulidad aduladora.
--Ya se ha visto, --repuso D'Artagnan.
--Lo presenhcié en mi infancia, y no quiero presenciarlo otra vez. ¿Habéis oído? Pues manos a la obra, y
no volváis sino con las llaves de la plaza.
--Es esta una misión que, si la desempeñáis bien. --dijo Colbert al gascón, --os dará el bastón de maris-
cal de Francia.
--¿Por qué me decís si la desempeño bien?
--Porque es difícil.
--¿En qué?
--En Belle-Isle tenéis amigos, y a hombres como vos no les es tan fácil pasar por encima del cuerpo de
un amigo para triunfar.
D'Artagnan bajó la cabeza, mientras Colbert se volvía al gabinete del rey.
Un cuarto de hora después el gascón recibió por escrito la orden de hacer volar a Belle-Isle, en caso de
resistencia, y confiriéndole el derecho de todo justicia sobre todos los habitantes de la isla o “refugiados”,
con prescripción de no dejar escapar ni uno.
--Colbert tenía razón, --dijo entre sí D'Artagnan, --mi bastón de mariscal va a costar la vida a mis dos
amigos. Pero se olvidan que mis amigos son listos como los pájaros, y que no aguardarán a que les caiga
encima la mano del pajarero par desplegar las alas; y yo voy a mostrarles tan bien la mano, que tendrán
tiempo de verla. ¡Pobre Porthos, pobre Aramis! No, mi fortuna no os costará ni una pluma de vuestras alas.
Habiendo concluido esto, D'Artagnan concentró el ejército real, lo hizo embarcar en Paimboeuf, y se dio
a la vela sin perder un momento.

BELLE-ISLE-EN-MER

Hacia el extremo del muelle en el paseo que bate furioso mar durante el flujo de la tarde, dos hombres
asidos del brazo tenían una conversación animada y expansiva, sin que nadie pudiese oír lo que decían,
porque el viento se llevaba una a una sus palabras como la blanca espuma arrancada a la cresta de las olas.
El sol se había puesto tras el océano, encendido como un crisol gigantesco.
Algunas veces, uno de los dos interlocutores se volvía hacia el Este, y sombrío interrogaba la superficie
del mar, mientras el otro quería leer en las miradas de su compañero. Luego, reanudaban su paseo, tacitur-
nos.
Los dos sujetos eran los proscriptos Porthos y Aramis, refugiados en Belle-Isle después de la ruina de sus
esperanzas y del desquiciamiento del vasto plan de Herblay.
--Por más que digáis, mi querido Aramis, --repuso Porthos respirando con todas sus fuerzas el aire sali-
no que henchía su robusto pecho, no es natural la desaparición de todas las barcas de pesca que hace dos
días se hicieron al la mar, porque no se ha desencadenado temporal alguno y ha reinado constante calma.
Ni con tormenta podían haber zozobrado todas las barcas. Repito que me extraña.
Tenéis razón, Porthos, --contestó Aramis, --es extraño.
Y además, --prosiguió el gigante, a quien el asentimiento del obispo de Vannes despertaba las ideas, --


 

 
 

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